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​La trampa de la pureza: por qué la militancia debe gobernar

​La trampa de la pureza: por qué la militancia debe gobernar
  • Publishedoctubre 24, 2026
  • Una reflexión frente a los apuntes de Pedro Miguel

Por Allan Pozos

Estimado Pedro Miguel:

​Tu decisión de caminar durante casi dos décadas rechazando nombramientos y salarios es un testimonio de congruencia personal que todos respetamos profundamente. Esa es tu elección de vida y es intachable. Sin embargo, intentar convertir esa biografía y ese temperamento en una doctrina pedagógica para las juventudes de nuestro movimiento esconde, quizá sin desearlo, una trampa ideológica que lastima el corazón mismo del obradorismo.

​Afirmar que “un buen militante no necesariamente es un buen gobernante” suena a una verdad innegable, pero en el ajedrez del poder, es un postulado que despoja a la juventud de su legítimo derecho a dirigir. Durante más de treinta años, la tecnocracia neoliberal nos vendió el fetiche de que el Estado era un asunto exclusivo de los “aptos”, de los especialistas fríos y de la burocracia de escritorio, mientras que al pueblo solo le correspondía la calle, la marcha y el volanteo.

​Andrés Manuel López Obrador dinamitó ese espejismo con una brújula revolucionaria: 90% honestidad y 10% experiencia. La administración pública se aprende; el amor al pueblo y la dimensión ética, no se adquieren con un nombramiento.

​La historia de las verdaderas transformaciones nos da la razón. Ernesto “Che” Guevara no era economista de Harvard ni burócrata de carrera; era médico y guerrillero, y a los 31 años asumió la presidencia del Banco Nacional de Cuba para arrancar el capital de las manos de la dictadura. Thomas Sankara, a los 33 años, sin ser un administrador de élite, lideró la revolución en Burkina Faso y erradicó la hambruna y el analfabetismo de su país con pura voluntad política. Nuestro propio dirigente no esperó a tener una maestría en administración pública para asumir la dirección del Centro Coordinador Indigenista en Tabasco a los 24 años; le bastó su profunda convicción para caminar por el fango junto a los chontales.

​Si aceptamos tu premisa y le decimos a los jóvenes de hoy que la militancia forjada en los principios no los capacita para gobernar, ¿qué mensaje le estamos enviando a las juventudes que integran los grupos de atención prioritaria mandatados en nuestra Constitución? ¿Qué horizonte le trazamos a una joven indígena, a un muchacho afromexicano, a las juventudes con discapacidad, a los colectivos de la diversidad sexual, o a los jóvenes que se forjaron en las periferias y laderas de Tláhuac, Iztapalapa o la Gustavo A. Madero?

​Decirles que la militancia no basta, es condenarlos a una eterna subalternidad política. Es decirles que deben conformarse con ser la “conciencia moral”, mientras observan desde la ventana cómo los puestos de toma de decisiones siguen siendo ocupados por los arribistas o por los “profesionales” de la política. Tu mensaje, aunque bien intencionado, no los forma: los subordina.

​El poder popular no nació para quedarse flotando en la plaza pública como una mística abstracta. Como bien planteó Antonio Gramsci, la revolución de las conciencias debe cristalizar en un Príncipe Colectivo: una militancia organizada que asuma, sin complejos, el control del aparato del Estado para transformarlo desde sus cimientos.

​Cuando los cuadros más probados y con mayor autoridad moral deciden dar un paso al costado porque “su carácter no armoniza con el servicio público”, las instituciones no se quedan vacías. Esos huecos son ocupados de inmediato por los técnicos sin alma y los oportunistas camaleónicos que sí tienen la “experiencia” de acomodarse en cada sexenio.

​Que tú te sientas más cómodo fuera del gobierno es un derecho que te has ganado. Pero el relevo generacional de la Cuarta Transformación no puede claudicar antes de gobernar. Nuestro movimiento no necesita formar juventudes que rehúyan del poder por el temor puritano a mancharse; necesitamos formar cuadros integrales que lleven la calle, el barrio y el territorio a las secretarías, a los congresos y a las alcaldías. Jóvenes que entiendan que su origen, sus ideales y su trabajo en territorio son la mayor y más urgente especialidad técnica que México necesita.

​Como bien lo ha consagrado nuestra presidenta Claudia Sheinbaum: hoy, cualquier niña puede soñar con ser lo que quiera, incluso presidenta de la República. Y como nos lo ha recordado nuestra Jefa de Gobierno Clara Brugada en la capital: las juventudes tienen el derecho inalienable a soñar y a hacer esos sueños realidad.

​Si les decimos a nuestros jóvenes que gobernar no es para ellos, les estamos cortando las alas y entregando el Estado a los burócratas. La técnica es solo un instrumento; la militancia es quien le da el rumbo y el alma a las instituciones.

​No desarmemos a nuestras juventudes; invitémoslas a gobernar.

Written By
Red Capital