Claudia Sheinbaum: dos años de continuidad con sello propio
- Sobre los cimientos que Andrés Manuel López Obrador construyó para transformar el país, la primera mujer Presidenta de México conduce hoy una nueva etapa, con una forma propia de gobernar y el temple para defender nuestra soberanía
Por Mario Moreno Becerril, Coordinador del Programa Trato Digno del ISSSTE
Gobernar México nunca ha sido sencillo. Mucho menos en un momento de tensiones internacionales, presiones comerciales y voces que, desde fuera de nuestras fronteras, han planteado medidas que afectan directamente nuestra soberanía.
Para entender el momento que vive hoy el país también hay que reconocer de dónde viene este proyecto. Andrés Manuel López Obrador sentó las bases de la Cuarta Transformación y convirtió una profunda convicción social en una nueva forma de gobernar.
Durante su Presidencia hizo del combate a la desigualdad una prioridad, fortaleció los programas sociales y llevó los apoyos públicos directamente a millones de adultos mayores, jóvenes, estudiantes, personas con discapacidad y familias que durante años habían permanecido al margen de los beneficios del desarrollo.

Su mayor legado fue colocar los cimientos de un proyecto que reivindicó el papel del Estado y convirtió derechos sociales en uno de los ejes de la vida pública del país.
Sobre esos cimientos gobierna hoy Claudia Sheinbaum Pardo. La Presidenta ha asumido la responsabilidad de dar continuidad al proyecto iniciado por López Obrador y conducir el Segundo Piso de la Cuarta Transformación, pero lo ha hecho con una personalidad propia que ya comienza a definir esta nueva etapa. En uno de los escenarios internacionales más complejos de los últimos años, ha mostrado algo indispensable para cualquier jefe de Estado: carácter en los momentos difíciles, serenidad para mantener abierto el diálogo y firmeza cuando se trata de defender a México. Su respuesta frente a las presiones de Estados Unidos permite entenderlo.
Continuidad con identidad propia
Su temple ha sido especialmente visible frente a las presiones externas y los planteamientos de carácter intervencionista. Claudia Sheinbaum ha defendido la soberanía nacional con firmeza, pero sin convertir esa defensa en confrontación y dejando claro que cooperar con otros países nunca significará subordinar a México. Esa capacidad para conservar la serenidad en momentos de tensión, sin ceder en lo esencial, comienza a definir su manera de ejercer la Presidencia.
Su preparación también ayuda a entender ese estilo.
Es licenciada en Física, maestra y doctora en Ingeniería Energética por la UNAM, con una trayectoria académica y de investigación previa a sus responsabilidades de gobierno. Pocas veces han coincidido en la Presidencia formación científica, experiencia administrativa y una trayectoria política de esta dimensión. La ciencia le dio método: observar, analizar evidencia y buscar soluciones; la experiencia pública, la capacidad para tomar decisiones. Hoy ambas se reflejan en una forma de gobernar que privilegia el análisis, la disciplina y los resultados.

Ahí está una parte importante de su identidad como Presidenta: continuar un proyecto histórico sin renunciar a gobernarlo desde sus propias convicciones.
La salud como una transformación de fondo
Desde el sector que conozco y recorro cotidianamente, uno de los cambios que más me entusiasman está en la salud pública. En estos dos años se han puesto en operación 32 hospitales del IMSS, ISSSTE e IMSS Bienestar.
El Plan Nacional de Infraestructura Hospitalaria contempla 152 proyectos hacia 2030, con una inversión estimada de 181 mil millones de pesos. Pero quizá el proyecto que mejor expresa la dimensión de lo que la Presidenta quiere construir sea la universalización de la salud. En abril se creó por decreto presidencial el Servicio Universal de Salud. La ruta plantea avanzar hacia una integración progresiva del IMSS, ISSSTE e IMSS Bienestar para que la institución a la que pertenece una persona deje de ser una barrera para recibir determinados servicios. A partir de enero de 2027 comenzará una etapa decisiva: la atención universal de urgencias. El de universalización del sistema parte de una convicción esencial: anteponer la vida y la salud de las personas a cualquier barrera institucional.
Lo veo desde el ISSSTE
Para mí, esta parte de la transformación tiene además un significado personal. Mi trabajo me permite recorrer unidades del ISSSTE, entrar a hospitales, conversar con trabajadores y escuchar directamente a nuestra derechohabiencia. Por eso no conozco la transformación únicamente por los informes. La veo en territorio, donde he podido ver lo que sucede cuando una decisión tomada desde el Gobierno de México comienza a convertirse en un consultorio, un hospital recuperado, más capacidad de atención o una solución para una persona. En el ISSSTE, la Presidenta cuenta con un aliado fundamental para este proyecto: nuestro Director General, Martí Batres Guadarrama, quien comparte esa visión de fortalecer lo público. Los 500 nuevos consultorios de atención primaria que el ISSSTE aportará a la estrategia del Servicio Universal de Salud son una muestra concreta de ello.
Quienes trabajamos cerca de él conocemos el ritmo con el que se supervisan unidades, se revisan problemas y se buscan soluciones. Y quienes estamos permanentemente en territorio tenemos también la responsabilidad de ayudar a que esas decisiones lleguen hasta la última parte de la cadena: la persona que necesita atención. Ahí adquiere sentido todo lo demás. Porque transformar un sistema de salud no consiste únicamente en construir infraestructura. Consiste en conseguir que esa infraestructura cambie la experiencia y, muchas veces, la vida de alguien.
La mujer que llegó a la Presidencia
Finalmente, hay una dimensión de estos dos años que México no debería acostumbrarse a mirar como si fuera algo ordinario. Por primera vez una mujer gobierna nuestro país. Claudia llegó a la Presidencia después de más de dos siglos en los que el poder político mexicano estuvo ocupado por hombres. Llegó a un espacio construido durante generaciones alrededor de códigos, estructuras y liderazgos masculinos y no llegó pidiendo permiso para gobernar, llegó preparada para hacerlo. Desde entonces ha tenido que enfrentar el escrutinio inevitable que acompaña a quien rompe una barrera de esa magnitud. Su respuesta ha sido trabajar.
Ahí encuentro una de las imágenes más poderosas de estos primeros dos años: una madre de familia, abuela y científica formada en una universidad pública que, como muchas mujeres mexicanas, demuestra que la preparación y la perseverancia pueden alcanzar todas sus metas profesionales y personales. Lo más profundo de esta transformación no está sólo en que hoy una mujer ocupe la Presidencia, sino en lo significa para millones de mexicanas. Nuestro país está viviendo un cambio que durante generaciones parecía imposible: las mujeres ya no tienen que pedir permiso para ocupar los espacios de decisión. Hoy tienen las puertas abiertas en todos los ámbitos y saben que pueden llegar tan alto como se lo propongan. La política mexicana también cambió su rostro y eso tiene un enorme valor para las niñas que hoy pueden mirar a la Presidencia de México y reconocer que ese lugar también les pertenece.
Claudia se ha convertido así no sólo en un referente de la participación de las mujeres en la vida pública, sino en una inspiración que trasciende nuestras fronteras. Y es precisamente esa fortaleza serena la que la ha llevado a sentarse frente a algunos de los hombres más poderosos del mundo para defender los intereses de México con inteligencia, firmeza y dignidad.
En su manera de gobernar también se percibe algo nuevo: la mano de una mujer al frente de un país grande e importante. Como mexicano y como servidor público, quiero reconocer a Claudia Sheinbaum Pardo por lo que representa, pero especialmente por lo que está haciendo. Por haber asumido la continuidad de un proyecto histórico sin renunciar a imprimirle su personalidad. Por trabajar con disciplina. Por sostener sus convicciones cuando las circunstancias se vuelven difíciles. Por defender nuestra soberanía con firmeza y sin estridencias. Y por impulsar decisiones que pueden dejar derechos más amplios a las siguientes generaciones. Ser la primera mujer Presidenta de México ya cambió nuestra historia, pero gobernar con convicción, resultados y una idea clara del país que quiere construir, puede cambiar nuestro futuro.