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El balón manchado: entre el negocio vulgar de la FIFA y el odio fabricado

El balón manchado: entre el negocio vulgar de la FIFA y el odio fabricado
  • Publishedjulio 14, 2026
  • Por Mario Moreno Becerril, Coordinador del Programa Trato Digno

El futbol, ese hermoso invento que históricamente ha tenido la capacidad de detener guerras, unir familias y hacer que desconocidos se abracen en una tribuna, acaba de vivir su prueba más amarga.

Terminada la máxima justa mundialista, el balance no puede ser de complacencia. Como aficionado que vive y respira este deporte, me resulta imposible callar ante la evidente decadencia de un organismo que ha terminado por desvirtuar la esencia del juego, entregando las llaves del torneo a la arrogancia de Estados Unidos.

La vulgaridad del negocio y el “efecto barras y estrellas”

Que el futbol es un negocio no es ninguna novedad; sin embargo, bajo la actual gestión de la FIFA, la mercantilización ha alcanzado niveles de una vulgaridad sin precedentes. Pasamos de una comercialización lógica a un descaro absoluto.

La venta de boletos se convirtió en un filtro económico que dejó fuera a millones de aficionados de a pie, debido a precios exorbitantes y a sospechosos acuerdos con plataformas de reventa que inflaron el mercado de manera grosera. Se priorizó el bolsillo del turista corporativo por encima del verdadero hincha.

Incluso la estructura misma del juego fue vulnerada. Las llamadas “pausas de rehidratación” terminaron siendo, en la práctica, un pretexto para que las televisoras segmentaran el partido en cuatro periodos en lugar de dos, privilegiando la pauta publicitaria por encima del ritmo deportivo y de la propia dinámica táctica del encuentro.

Pero el mayor agravio llegó desde el plano geopolítico y organizativo. El Mundial estuvo profundamente condicionado por el peso de Estados Unidos. Mientras a selecciones como Irán se les negó establecer su base en territorio estadounidense, obligándolas a un desgaste constante por los traslados, el país anfitrión gozó de privilegios difíciles de justificar. Desde la comodidad logística hasta decisiones arbitrales polémicas, como la revocación de una tarjeta roja a un jugador estadounidense que le permitió disputar el siguiente encuentro.

La desfachatez y el “encajonismo” de la potencia del norte terminaron por manchar la cancha.

A pesar de esta decadencia institucional, las cifras de audiencia demuestran que la fiesta sobrevivió. Pero el futbol, como espectáculo limpio, quedó herido.

La cancha del odio: la xenofobia como entretenimiento digital

Sin embargo, el problema más delicado de este Mundial no se quedó en los escritorios de la FIFA ni en los palcos VIP de Estados Unidos. Lo verdaderamente alarmante ocurrió en el tejido social. El futbol, que se supone es una herramienta de unión, fue utilizado para sembrar ira, racismo y una xenofobia cada vez más normalizada.

Más que un fenómeno espontáneo, parece haberse consolidado una dinámica que las redes sociales y ciertos creadores de contenido amplifican constantemente, alimentando la confrontación entre naciones, particularmente entre las latinoamericanas.

Lo vimos durante el enfrentamiento entre México y Ecuador, cuando las plataformas digitales se inundaron de comentarios cargados de un odio visceral que trascendió por completo lo deportivo.

Lo vemos también en la narrativa sistemática contra Argentina. Si bien es cierto que existen actitudes reprobables y comentarios racistas por parte de algunos ciudadanos argentinos en los estadios, la respuesta ha derivado en una generalización que termina señalando a todo un pueblo con los peores estereotipos.

¿Es este odio una consecuencia natural del fanatismo o el resultado de un ecosistema digital que premia la confrontación y la polarización?

Vivimos en una época en la que cualquiera se siente intelectual por tener una cámara o una cuenta en redes sociales. Youtubers, streamers y creadores de contenido, carentes de rigor interpretativo o del más mínimo análisis técnico, lanzan declaraciones incendiarias para obtener un puñado de “likes”. El problema es que esos discursos llegan cargados de desinformación y veneno, y son consumidos por millones de personas.

El resultado ya no es una simple burla futbolística. Son peleas en las calles, insultos xenófobos que califican a sociedades enteras de “delincuentes” o “arrogantes” y una preocupante normalización del odio que incluso encuentra eco en figuras políticas como Donald Trump, quien ha hecho de la confrontación una de sus principales herramientas de discurso.

No podemos permitir que una competición deportiva se convierta en el vehículo para propagar la ignorancia en un mundo que ya está suficientemente fracturado por conflictos reales. Entristece ver cómo nos atacamos entre pueblos hermanos. Los latinoamericanos compartimos una raíz común, una cultura profundamente emparentada y una historia marcada por la conquista, el saqueo y la subordinación. Dividirnos por un balón es hacerles el juego a quienes se benefician de nuestra desunión.

Al final del día, hay que entender algo muy simple: la gente que difunde odio, que no analiza y que solo busca dividir, no tiene nacionalidad. Hay personas así en todos los países. Pertenecen a una minoría ruidosa que aporta muy poco a la sociedad y que merece ser señalada por sus actos, no por su origen.

Volver a la raíz: la gloria que nos une

Porque, frente a esa mezquindad, la realidad del futbol es otra. La verdadera esencia de este deporte no les pertenece a los hombres de traje de la FIFA ni a los odiadores de internet; le pertenece a la memoria colectiva y a los momentos inolvidables que nos han fundido en un solo abrazo continental.

Nuestra identidad futbolística es gigantesca. Al final del camino, el futbol siempre nos devuelve a la belleza y a la unión a través de sus páginas más gloriosas. Los latinoamericanos nos hemos unido —y nos seguiremos uniendo— gracias a la herencia mística de este juego: en el recuerdo eterno de los campeonatos del Rey Pelé, que convirtió la pelota en poesía; en el inolvidable Mundial de México 1986, donde fuimos testigos de la genialidad inmortal de Diego Armando Maradona; y, más recientemente, en la consagración de Lionel Messi, que conmovió al mundo entero y nos recordó por qué amamos este deporte.

Esa es la verdadera esencia del futbol: un territorio de magia que nos llena de pasión, de orgullo y, sobre todo, de unión. Latinoamérica es una región unida por sus raíces, su afecto, su historia y su respeto mutuo. La pasión por el futbol es nuestra; el odio de los ignorantes jamás podrá arrebatárnosla.

Written By
Red Capital