Trump y el avance del autoritarismo global
- El endurecimiento de la política exterior e interna de Estados Unidos enciende alertas sobre el futuro del orden internacional y los derechos humanos
El mundo no se encuentra en una simple crisis de relaciones exteriores; asistimos a un quiebre civilizatorio. El orden internacional, ese frágil andamiaje construido para evitar que el fuerte devore al débil, está siendo demolido por las decisiones unilaterales y arbitrarias de un presidente de los Estados Unidos de Norteamérica que ha decidido gobernar el planeta mediante el edicto y la bota. No hay otra forma de decirlo: sus acciones están colapsando la estabilidad global y empujando a la humanidad hacia un abismo de incertidumbre.
No podemos permitirnos el lujo de la tibieza ni del silencio diplomático. Lo que emana de Washington hoy tiene un tufillo autoritario que hiela la sangre. Es la reencarnación de una metodología que creíamos superada: el uso del miedo, el expansionismo sin máscara y la creencia mesiánica de que una sola nación tiene el derecho divino de decidir el destino de todas las demás. Estamos ante un liderazgo intervencionista que ha convertido el abuso en política de Estado.
No se trata de una hipérbole retórica. El método de la supremacía y la deshumanización del “otro” está activo, y sus primeras víctimas están dentro de sus propias fronteras. Estamos presenciando cómo el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) se ha transformado en una guardia pretoriana dedicada a la cacería humana basada puramente en la raza. Es una persecución étnica sistemática, donde seres humanos son arrancados de sus hogares, maltratados y hacinados en centros de detención que evocan las peores imágenes de los campos de concentración de la era nazi. Allí, bajo el amparo de la “ley”, se rompen familias, se deniega la dignidad y se ejerce la tortura psicológica contra quienes no encajan en el molde racial del régimen. El fascismo no es una amenaza futura; ya está operando internamente en la autoproclamada “tierra de la libertad”.
El rastro de esta arrogancia es sangriento y desolador. En nuestra región, hemos sido testigos de la infamia de ver a un país como Venezuela asediado hasta el extremo, con el secuestro fáctico de su presidencia y el estrangulamiento de su economía. Pero no se detiene ahí. El ensañamiento contra Cuba ha alcanzado niveles de crueldad inauditos. A través de bloqueos energéticos y financieros que califican como auténticos “bombardeos económicos”, se asfixia a un pueblo entero, privándolo de luz, medicinas y alimentos. No es una estrategia política; es un castigo colectivo contra millones de seres humanos cuyo único “delito” es no rendirse ante el mandato del norte.
Más allá de nuestras fronteras, en Irán, la impunidad se ha vuelto obscena. El asesinato de ciudadanos y líderes en operaciones militares que ignoran cualquier rastro de legalidad internacional demuestra que, para este presidente, la soberanía es un estorbo y la vida ajena, un daño colateral en su tablero de ajedrez geopolítico. Se asesina por querer, por poder y por la absoluta certeza de que nadie se atreverá a pedir cuentas. El intervencionismo rapaz ha escalado hasta cruzar una línea sin vuelta de hoja. En las últimas horas, el presidente ha amenazado explícitamente con exterminar a Irán. No es una amenaza de guerra convencional; es el lenguaje del genocidio y la limpieza étnica elevado a política de Estado. Es la voluntad de borrar a una cultura milenaria y a millones de seres humanos de la faz de la tierra por puro capricho hegemónico. Al verbalizar el exterminio, ha dinamitado cualquier rastro de orden legal internacional, colocando al planeta al borde del abismo final.
Este es el momento de las definiciones. Ya no basta con la condena externa desde los foros internacionales que Washington ignora con desdén. La denuncia debe ser total: desde fuera, pero también desde dentro de los propios Estados Unidos. Los ciudadanos de esa nación, aquellos que aún creen en la libertad y la justicia, deben entender que el monstruo que su gobierno alimenta fuera terminará, inevitablemente, por devorar sus propias libertades en casa. No se puede exportar tiranía sin terminar siendo un tirano en el propio hogar.
Ser tibio hoy es ser cómplice. El silencio de las naciones ante el atropello a Cuba, Venezuela e Irán es el abono sobre el cual crece este nuevo totalitarismo. Si no denunciamos con firmeza este intervencionismo rapaz, si no exigimos el fin de los bloqueos criminales y el retorno a la cordura legal, la historia no solo nos juzgará por nuestra cobardía, sino que nos condenará a vivir en un mundo donde la ley del más fuerte sea la única norma sobreviviente.
Es hora de despertar. El colapso no es una amenaza futura; es una realidad que ya golpea nuestras puertas.