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​Los dos héroes de mi vida: El legado del Comandante Alejandro Delgado Aguilar

​Los dos héroes de mi vida: El legado del Comandante Alejandro Delgado Aguilar
  • Publishedmarzo 13, 2026
  • Por Allan Pozos

Hay hombres que no solo caminan por esta ciudad, sino que la defienden, la construyen y, al partir, dejan una escuela que no se borra. Como dicta el corrido escrito en su honor:

“En el mero DF nació, un veintinueve de marzo del año sesenta y cuatro, con firmeza y sin descanso, desde joven comprendió que el deber era su paso”.

Nacido un 29 de marzo de 1964 en esta capital, Alejandro Delgado Aguilar comprendió desde muy joven que el deber era su camino. A los 21 años, el 1 de julio de 1985, tomó una decisión que cambiaría su destino: entró a la Policía con la idea de quedarse solo un año para poder estudiar medicina. Pero la vocación lo atrapó. “La Policía me dio todo, me dio mi familia, me capacitó, me formó como persona”, relataría tiempo después. Así comenzó una trayectoria de 33 años ininterrumpidos de servicio absoluto.

​Su carrera se forjó en la línea de fuego y en un profundo amor por la vida. Aquel instinto médico de su juventud nunca lo abandonó, protagonizando episodios que marcarían su alma. Como aquella vez que se negó a dar por perdido a un pequeño de cuatro años: “Lo puse en un cofre de un coche y le di RCP. Un paramédico me dijo que lo dejara porque estaba muerto, pero insistí. Tal vez mi necedad, y el niño empezó a toser…”, recordaba con el orgullo de quien le arrebata una vida a la muerte.

​Con el tiempo, se consolidó como un especialista táctico implacable. Su temple quedó a prueba el 30 de diciembre de 1996 en Iztacalco. A las 13:20 horas, el entonces indicativo “Zorro 1” del Agrupamiento Fuerza de Tarea llegó a una sucursal bancaria donde un asaltante armado mantenía a 14 rehenes. Mientras cientos de elementos rodeaban la zona, el Comandante Gato, conocido así por sus compañeros, se plantó a escasos centímetros del delincuente para negociar directamente. Con frialdad de ajedrecista, logró la liberación de tres niños y siete adultos más. Su visión periférica era tal que, en medio de la tensión, identificó y detuvo al cómplice del asaltante que intentaba escapar camuflado entre los liberados.

​Para él, proteger a la ciudadanía era una acción al límite constante. La madrugada de un lunes de noviembre de 2006, esa convicción evitó una catástrofe mayúscula. Supuestos grupos guerrilleros habían colocado un artefacto explosivo en una sucursal bancaria en Cafetales, sobre el Eje 3 Oriente. Él se encontraba cerca cuando lo llamaron sabiendo de su especialidad. Al llegar, encontró a decenas de policías rodeando la bomba; de inmediato ordenó despejar el área, cerró la circulación y, sin dudarlo ni esperar el equipo especial, comenzó a maniobrar el explosivo con sus propias manos hasta que llegó el apoyo de Fuerza de Tarea. “Fue tanta la adrenalina que no pude dormir”, confesó después.

​Ese acto de heroísmo absoluto le valió el reconocimiento de la ciudad. La Comisión de Seguridad Pública lo reconoció públicamente en la Gaceta Oficial como candidato a la presea al Mérito Policial 2006 y, por orden directa del entonces Jefe de Gobierno, Alejandro Encinas, fue ascendido por su innegable valor.

​Esa capacidad de respuesta lo llevó a perfeccionar sus conocimientos tácticos, de rescate y desactivación en Venezuela, Colombia, Israel y en la Academia del FBI en Quantico. Ocupó 15 puestos de dirección operativa, fungiendo incluso como Invitado Permanente de la Comisión Técnica de Selección y Promoción reconocido en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México entre 2014 a 2018 y culminando como Director General. No es casualidad que su indicativo principal en la corporación fuera “Perseo”. En la mitología, Perseo es el héroe que enfrenta y derrota a Medusa, la criatura cuya mirada petrificaba de terror a los hombres; mi papá hacía exactamente eso en la vida real. Enfrentaba el peligro que paralizaría de miedo a cualquiera y lo neutralizaba con inteligencia táctica para proteger a los inocentes.

​Sin embargo, el mando traía consigo la carga más dolorosa de la corporación. El “Jefe Perseo” no era de piedra. “Como jefe tenía que decirle a los papás que su hijo estaba muerto, eso es muy fuerte, no hay palabras que reconforten a sus papás”, confesaba entre lágrimas, demostrando que su mayor grandeza siempre fue su humanidad.

​Esa misma humanidad es la que hoy le reconoce su gente. La tropa no miente, y al leer a quienes marcharon a su lado, la historia hace justicia. Hoy no lo despiden hablando solo de medallas, sino recordándolo como “mi gran maestro de la policía”, “el mejor instructor en Fuerza de Tarea” y “un excelente jefe, pero más excelente ser humano”. Para ellos, ese líder inquebrantable siempre será resumido en las palabras que hoy inundan los mensajes de su corporación: “Un chingón el jefe. Vuela muy alto, Jefe Perseo”.

​En el mes de julio de 2018, exactamente 33 años después de su ingreso, dejó las filas con una certeza absoluta: “Ser policía es todo: somos menospreciados, maltratados, pero nos llevamos satisfacciones muy grandes y cuando sirves bien la gente te lo agradece”.

​Para mí, él es mucho más que el mejor policía de este país: tengo la enorme fortuna de llamarlo mi segundo papá. Aunque no llevamos los mismos apellidos, él me enseñó desde pequeño la entrega absoluta a lo que te apasiona y la fortaleza para enfrentar lo dura que puede ser la vida. Siempre admiró a mi primer papá, Mario Pozos (biológicamente mi abuelo, quien me crio y me dio su nombre). Yo crecí maravillado ante ambos: el Héroe Uniformado, rodeado de elementos tácticos, y el Héroe Social, entregado en cuerpo y alma a sus vecinos.

​Obviamente no fui policía de profesión, aunque de niño lo soñé cuando íbamos juntos a las instalaciones del Agrupamiento Fuerza de Tarea a cruzar la pista de obstáculos o hacer rapel. Hoy, viéndolo en retrospectiva, mis años de activista de a pie están enormemente justificados: vengo de dos pilares inquebrantables. Ellos forjaron mi brújula. Tengo muy presente lo férrea que es la disciplina de quien asume el compromiso del uniforme azul, y mi papá es el mayor ejemplo de todos ellos.

​La Ciudad de México se queda con la escuela de un gigante, y yo me quedo con su ejemplo de rectitud. Como dice el corrido que hoy resuena entre quienes tuvimos el honor de caminar a su lado:

​“Alejandro Delgado Aguilar,

su nombre va a perdurar,

en el alma de su gente que siempre lo honrará,

orgullo de su familia, su historia seguirá”.

En memoria de mi padre, “El Gato”, Alejandro Delgado Aguilar

Written By
Red Capital

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